
Óscar Curros y Lara Silbiger
América Latina tiene una fuerte tradición en la producción de documentales. Destaca la importancia que en los años 60 tuvieron Fernando Birri y la Escuela de Documental de Santa Fe en Argentina. Era un estilo de documental comprometido políticamente, crítico y obstinado con las denuncias sociales, que tiene en la película Tiré Die (1960) uno de sus más fuertes representantes.
Podemos citar también La hora de los hornos (1968), de Fernando Solanas, que expone una tesis sobre lo miserable de la condición humana; y La batalla de Chile (1975-1979), de Patricio Guzmán, que a partir de Chile reflexiona sobre la situación de toda América Latina. Los correspondientes brasileños se encuentran en los documentales producidos en el período del Cinema Novo. Geraldo Sarno y su película Viramundo (1964) inauguran el llamado documental sociológico. En este trabajo, realizado en el mismo año en que los militares llegan al poder y dan comienzo a los treinta y un años de dictadura, se explora la alienación política determinada por la religión. Viramundo forma parte del movimiento Caravana Farkas, iniciado por el fotógrafo Thomas Farkas, que produjo una serie de documentales retratando la realidad del noreste brasileño – la región más pobre del país-. Aún en Brasil, en los años 70, otro movimiento fuerte fue el Cinema de Rua. Jõao Batista de Andrade niega el discurso sociológico y asume una posición activa. Con Migrantes y Liberdade de Imprensa (1967) va a las calles y, en un estilo de cine directo, sorprende a las personas con preguntas, abriendo así un espacio para el debate frente a las cámaras. Esa producción intensa en América Latina, en los años 60 y 70 – décadas tomadas por la dictadura – no significó la difusión de la cultura documental. Debido a la marginalización á la que eran renegados los temas tratados por estos realizadores, la circulación de estas películas se restringía a sindicatos, centros académicos universitarios y cineclubes.
En las salas de cine, eran apenas exhibidos los documentales oficiales, o sea, películas cortas que pasaban antes de los largometrajes, tales como el cine-noticiario, cine-variedad, etc. Pero esas producciones “oficialescas” no hicieron historia. Eran apenas un intento de propaganda ideológica de los gobiernos militares. Al contrario, el documental comprometido y genuino se volvió un modelo en la producción cinematográfica de América Latina. A pesar de las grandes dificultades que enfrentó y todavía afronta.
En la actualidad.
La situación actualLa situación comenzó a mostrarse un poco mejor para los realizadores al final de la década de los 90. El principal motivo fue la demanda determinada por las televisiones por cable. No necesariamente son producciones que se encajen dentro del concepto de documental de autor o militante. Son grandes reportajes de cuño televisivo, programas con reportero presentador, entre otros. “Hoy, cuando los productores piensan en proyectos que se aproximan al documental, ya visualizan pequeñas series para ser emitidas en las televisiones por cable. “Eso acaba siendo fundamental para conseguir patrocinio”, aclara João Godoy. De esta forma, antes incluso de intentar conversar con un posible financiador, el realizador busca una emisora que se interese por emitir su proyecto. Firman entonces un acuerdo de compromiso de interés y exhibición y, en ese momento, ya son establecidos los parámetros para la realización.

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